Era la noche de Vísperas de Navidad. Personas reunidas, en familia, preparando todo para la medianoche.
-¡Diez, nueve, ocho...!
Un conteo cargado de emociones, de ansiedad, adrenalina, sonrisas y más sonrisas.
-¡Cinco, cuatro...!
-¡Cinco, cuatro...!
Todos emocionados, con sus copas levantadas en el aire.
-¡Tres, dos, uno... Feliz Navidaaaaaad!
Copas que chocan entre sí de forma simultánea, besos por aquí y por allá, gestos y palabras amables. Una perfecta sincronía entre la mayoría de las casas.
Sí, definitivamente está todo el mundo conmocionado, pensó Teo vagamente y cerró los ojos, los grisáceos ojos que recordaban a un témpano. Mirada fría, impertérrita y calculadora. Relajó la expresión, sosteniendo una copa en su mano derecha. Se había divertido esa noche, entrando de casa en casa sigilosamente, acechando a su presa como un tigre blanco. Porque eso es lo que era: un cazador. El banquete había comenzado en el patio trasero de la pequeña casa de los Ravens. Su víctima se encontraba fumando un cigarrillo y pasada de copas (como casi todas las víctimas de esa noche), cuando de pronto él se presentó ante sus ojos, susurró un par de cursilerías al oído y... ¡patabum! Ella cayó rendida a sus pies. Seguramente despertó apabullada sin saber qué había sucedido. Y así con todas las demás.
Ahora se encontraba lleno. No sabría decir si satisfecho, pero lleno al fin. Sentía la gran cantidad de sangre circulando en su interior, las venas ensanchadas para lograr que todo el líquido pasase a través de ellas y estaba haciendo un gran esfuerzo para no vomitar el peso extra. Intentaba pensar en cualquier insignificante cosa, como que los humanos solían festejar este tipo de fiestas sin recordar el verdadero significado. El protagonismo siempre se lo llevaba Santa Claus... ¿Acaso no era el nacimiento del Niño Jesús? Por Dios, no puedo creer lo que estoy pensando, se dijo y, tras un profundo suspiro, abrió los ojos nuevamente. La calle estaba... atestada y le provocó un sobresalto. Había estado vacía como el mismo desierto hacía unos minutos y en un abrir y cerrar de ojos, todo había cambiado. Los fuegos artificiales comenzaron a escucharse cada vez más cerca, era realmente aterrador, toda esa cercanía con la humanidad, ese calor humano casi palpable, sentía como si lo quisieran abrazar a ese fuego una vez más, aceptándolo como uno de ellos, tendiéndole una mano, una invitación hacia lo maravilloso de la actividad social, hacia la vida misma...
Copas que chocan entre sí de forma simultánea, besos por aquí y por allá, gestos y palabras amables. Una perfecta sincronía entre la mayoría de las casas.
Sí, definitivamente está todo el mundo conmocionado, pensó Teo vagamente y cerró los ojos, los grisáceos ojos que recordaban a un témpano. Mirada fría, impertérrita y calculadora. Relajó la expresión, sosteniendo una copa en su mano derecha. Se había divertido esa noche, entrando de casa en casa sigilosamente, acechando a su presa como un tigre blanco. Porque eso es lo que era: un cazador. El banquete había comenzado en el patio trasero de la pequeña casa de los Ravens. Su víctima se encontraba fumando un cigarrillo y pasada de copas (como casi todas las víctimas de esa noche), cuando de pronto él se presentó ante sus ojos, susurró un par de cursilerías al oído y... ¡patabum! Ella cayó rendida a sus pies. Seguramente despertó apabullada sin saber qué había sucedido. Y así con todas las demás.
Ahora se encontraba lleno. No sabría decir si satisfecho, pero lleno al fin. Sentía la gran cantidad de sangre circulando en su interior, las venas ensanchadas para lograr que todo el líquido pasase a través de ellas y estaba haciendo un gran esfuerzo para no vomitar el peso extra. Intentaba pensar en cualquier insignificante cosa, como que los humanos solían festejar este tipo de fiestas sin recordar el verdadero significado. El protagonismo siempre se lo llevaba Santa Claus... ¿Acaso no era el nacimiento del Niño Jesús? Por Dios, no puedo creer lo que estoy pensando, se dijo y, tras un profundo suspiro, abrió los ojos nuevamente. La calle estaba... atestada y le provocó un sobresalto. Había estado vacía como el mismo desierto hacía unos minutos y en un abrir y cerrar de ojos, todo había cambiado. Los fuegos artificiales comenzaron a escucharse cada vez más cerca, era realmente aterrador, toda esa cercanía con la humanidad, ese calor humano casi palpable, sentía como si lo quisieran abrazar a ese fuego una vez más, aceptándolo como uno de ellos, tendiéndole una mano, una invitación hacia lo maravilloso de la actividad social, hacia la vida misma...
Pero tú... Tú jamás volverás a ser uno de ellos.
Sacudió violentamente la cabeza, y su cabello negro y brillante osciló en la oscuridad. Al menos la sombra de aquel árbol lo acogía y él lo aceptaba placenteramente, recostado en la pared de la casa que parecía tomarse las fiestas con más calma. Se había permitido por un segundo entregarse a su lado humano, aquel que le provocaba cierta sensación de "pertenecer", pero él, Teo Morello, tenía más que claro que si en algo se destacaba era, justamente, en ser diferente del resto, ser el opuesto, la contra, la otra cara de la moneda, ser simple y llanamente la muerte... Un auténtico vampiro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario