Estaba oscuro y frío.
Pero al intentar zafarse de lo que sea que fuera eso, se dio cuenta de que
todavía no era hora. No podía luchar contra ese muro, no es que no tuviera
fuerza, es que era algo que no podía controlar. Todos los días lo intentaba, se
daba la cabeza contra ese paredón impenetrable, esperando por el día.
Los sonidos procedentes del exterior lo atraían de manera impensable, lo
llamaban, lo tentaban, y volvía a dar golpes y puñetazos contra algo que estaba
fuera de su alcance. Quería ver, vivir, sentir, respirar esa vida, pero no
había manera, por mucho que luchara, aún faltaba tiempo. Entonces, un día,
lentamente dejó de rebelarse, y descubrió con gran asombro lo acogedor que era
ese muro negro, lo oscuro se volvió color, y el silencio en una utopía. Se
sentía a gusto así como estaba, pero fue ahí cuando el cascarón se abrió. Y por
más que quise volver el tiempo atrás, lo único que me quedaba era un cascarón
sobre el cual llorar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario