domingo, 15 de abril de 2012

El verdugo

Estoy tan cansada... Me acuesto sobre este lecho de huesos esperando lo único que puede venir a por mi. Esta vez no sé quién soy. ¿Dónde estarán todos? Acá se siente tan frío, tan oscuro, puedo sentir el dolor y la aflicción de los que yacen acá conmigo, tan silenciosos como un desierto de hielo. Las horas pasan y me desespero, nada, nadie, viene a por mí. No sé que sucede, me remuevo un poco y un hueso se quiebra abajo mío. Perdón, susurro, a quien quiera que le haya roto una costilla. Suspiro, no sé si me va a perdonar o no. ¿Quién habrá sido éste? A mí es a la única que me puede llegar a importar. Bueno, tengo que hacer algo mientras espero. Se vé una luz. Un haz de luz directo desde el techo. Cae en diagonal, iluminando este paradero tan desolado. Más huesos, como lo imaginé. Acá y allá, por todos lados. Y ese que iba a venir por mí no llega. El quebrado no me contestó, así que supongo que no le va a molestar que le rompa un par de huesos más mientras me levanto y camino un poco. No, a éste tampoco le molesta, a este otro tampoco y estoy segura que a aquel menos. Pero a pesar de todo, me cuido de no pisar ningún cráneo, eso es otra cosa, es harina de otro costal. El crujido es lo único que se escucha y ni siquiera hace eco, ¿en dónde estoy? Esta soledad hiriente empieza a fastidiarme.¿Cómo terminé acá? ¡Crack! A éste lo pisé con ganas. Voy a empezar a hacer estragos, a ver si se apuran y me vienen a buscar. Más "crack" se escuchan y ahora sí parecen hacer eco. ¿Así que esto es lo que tengo que hacer para que reaccione algo en este páramo de la muerte?, no puedo evitar pensar. Estoy tan agitada de saltar como un indio que me detengo, apoyando las manos en las rodillas. Elevo lentamente la cabeza y me encuentro con un cráneo enterito a dos metros de distancia, mirándome. Sí, a mí, ¿a quién más? Me sonríe maliciosamente, invitándome a destrozarlo, a hacerlo pedazos. Le devuelvo la sonrisa. ¿Pensás que no puedo aniquilarte, pedazo de cosa estúpida? Y acto seguido, tomo velocidad, acorto la distancia y le doy una patada limpia directo al agujero de la nariz, mandándolo a volar y sentir en pocos segundos cómo choca contra algo, una pared. Me detengo a pensarlo y sonrío y al instante, no lo puedo evitar, me largo a reír. Me acerco lentamente entre risas histéricas que me dan escalofríos, pero no importa, ya debía de estar loca antes si terminé acá. Sigo caminando, esperando ver los pedacitos de aquella cosa fea que me miraba, pero no llego más al lugar. Me detengo, ¿qué cambió? ¡Crack! Esa no fui yo, el sonido vino desde mis espaldas, más o menos del lugar en donde yo pateé la cabeza. Siento como se me hiela la sangre, el corazón se refugia en el estómago, me colapsa el cerebro por un momento, el alma se me va a los pies del miedo y no reacciono. Tiemblo, pero no hace frío y tengo una cazadora negra. Los pantalones de gimnasia no parecen ser suficientes, no siento las piernas, pero con un leve movimiento me doy cuenta de que siguen ahí.
-Vas a tener que responder por eso.-dice la voz y siento como si un cubito descendiese por mi columna vertebral.
¿Una voz? ¿Qué rayos...? Basta, tengo que darme la vuelta, es peor si no lo veo. Giro de a poco, congelada de miedo y con la boca entreabierta. Pero no hay nada. No, no es eso, el haz de luz ya no está. Lo único que puedo ver (o imaginar, a esta altura ya perdí cualquier capacidad de razonamiento) es la leve neblina al expulsar mi aliento. Entonces lo veo: dos ojos, brillantes como los de un perro en la oscuridad. ¿Será eso? Claro que no hablan pero... Oh, mierda, se acercan a mí. Y a pasos agigantados. No, no es un perro, es un monstruo. Algo en mí me grita, me pide, me ORDENA que reaccione, pero ¡YA! Y por lo visto estaba caminando hacia atrás segundos después de que se moviera aquello, porque ahora lo noto, me estoy tropezando torpemente. Me giro y empiezo a correr, sin mirar atrás. No sé dónde está la pared pero no importa, no al menos hasta que choque con ella. Corro y corro, sin ver absolutamente nada, confiándome ciegamente de los otros sentidos que no son inútiles en este momento. Puedo sentir mi corazón retumbando en mi cabeza, mezclándose con el crujido de los huesos. Lo siento más cerca, casi encima... Y su agarre por el cuello es fuerte pero humano. Dejo de correr abruptamente y chillo, aún sin confiar en su tacto, pero me cierra la boca con la mano disponible. Las lágrimas hacen su aparición y también un nuevo haz de luz. Siento su respiración detrás de mi oreja pero no puedo ni siquiera pensar en moverme. Entonces él lo hace y pierdo cualquier vestigio de miedo. Un musculoso rubio de ojos aguamarina sigue sosteniéndome del cuello pero ya no me tapa la boca y yo ya no quiero chillar. Al final vino a por mí, aunque yo no sepa bien quién es.

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