"El perdón es la fragancia que derrama
la violeta en el talón que la aplastó"
Mark Twain
Mark Twain
"Se perdona en la medida en que se ama"
François Rochefoucald
Eso era lo que necesitaba, se dijo Sophie. La mordida ardiente y dulce a la vez de su feroz leopardo dorado. Sí, ahora quedaba más claro que nunca... Suyo y de nadie más. Los colmillos de Jedrick, su vampiro rubio de ojos pardos rozaban levemente el costado izquierdo de su cuello, obligándola a ladear la cabeza aún más, cerrando los ojos para entregarse netamente al placer mutuo. El mundo parecía desvanecerse cuando él la rodeaba por la cintura y la espesa negrura de la medianoche era cómplice de aquella entrega de ambas partes. Ella, suministrándole el elixir más dulce que Jedrick había probado jamás; él, aceptando que estaba atado a una humana, un leopardo domesticado y amanzado por una hermosa morocha de ojos verdes.
El extenso campo se hallaba en completo silencio. Lo único que escuchaba eran los intensos suspiros del rubio en su cuello. Y es que él se concentraba tanto en cada detalle que sentía que se derretía a sus pies y que lo único que la mantenía apoyada como estaba contra la tranquera, eran los fuertes brazos del vampiro a su alrededor. Como si oyera sus pensamientos, Jedrick cerró sus brazos aún más, preso de un sentimiento salvaje del que no había retorno. Porque debía admitirlo, estaba perdidamente maniatado a esa chica, a ese diablo vestido de mujer que apareció un día y le cambió la vida completamente. Estaba loco por ella, la forma en que lo miraba, la forma en que lo trataba, la forma en que lo besaba despertaban en él un deseo de posesión y pasión incontrolables. Quería complacerla y sabía que no había mejor forma de hacerlo que aquella situación en la que ahora se encontraban: ella tomándolo por los hombros, atrayéndolo más a sí, y él rozando, besando y suspirando en su cuello, en su clavícula, jugueteando con sus colmillos, no decidiendo el momento exacto en el cual actuar. Pero mientras más gruñidos emitía, más hacia sí lo empujaba la morocha, y se maldijo interiormente por querer sentir esa sensación de estar al mando, de hacerse rogar, de sentirse el maldito amo de sí mismo una vez más. Ella lo amaba, de eso no había duda y siempre lo haría, así se lo había jurado. Era tan pura, tan humana, tan exquisitamente hermosa, que su ego se había hecho añicos al lado de ella. Pero al fin y al cabo, él era un vampiro, un egoísta, egocéntrico y orgulloso vampiro... Y se sentía condenadamente bien que ella se tirara a sus pies rogando por el placer que sólo los de su especie sabían dar. Finalmente cayó rendido, no pudiendo soportarlo más, apartó unos mechones hacia atrás y clavó sus colmillos sobre la suave y tierna piel de la joven, sintiendo un leve quejido lastimero. Frunció el entrecejo con fuerza al notar el cálido sabor de la sangre sobre su garganta. Siempre que se disponía a morderla, sucedía lo mismo, el sabor era tan auténtico que se sumía en un frenesí incapaz de controlar. El hecho no ayudaba, ya que no sabía el momento en que debía detenerse y sabía que ella no lo dentendría tampoco, tan metida en aquel acto de amor como él. Sophie por su parte sentía la delicada manera en que Jedrick bebía de ella, tratando de no provocarle dolor, algo de lo que se olvidaba a medida que los segundos corrían, pero lo entendía perfectamente y no iba a interrumpirlo. Lo abrazó con fuerza, hundiendo las uñas en sus hombros y lagrimeando en silencio. Luego de comenzar a aguantar la respiración para llevar mejor el insoportable dolor, su rubio de ojos pardos empezó a detenerse gradualmente. Había notado el cambio en el sabor, la sangre menos oxigenada, aunque a él le sabía menos dulce. Retiró sus colmillos lentamente y selló las pequeñas heridas de un beso, las cuales se curaron de forma rápida. Miró a su morocha a los ojos, endureciendo el gesto al ver el recorrido que las lágrimas habían dejado. Ahora, el orgullo y el ego se partían en mil pedazos otra vez como un espejo que recibe un duro y certero golpe. Su propia satisfacción había provocado un dolor atroz en aquella criatura de ojos grandes y curiosos, que ahora lo miraba con aquel amor tan característico suyo. Y quizás eso era lo que más le sacaba de quicio, el saber que ella no cambiaría sus sentimientos hacia él aún si hubiese estado a punto de matarla. Era una estúpida, una inconsciente, una kamikaze, porque seguramente, propuestas no le faltaban y cualquier candidato era muchísimo mejor antes que él, de una raza diferente, asesina, cruel y fundamentalmente chupasangre. Pero aún así ella no se apartaba de su lado y no lograba entender qué podría ser lo que a aquella muchacha la manenía fielmente a su lado. Había sido su salvadora, la heroína de su vacía existencia, ella había llegado y había echado colores a su mundo sin pedir nada a cambio. Ni siquiera mantener su vida.
-Te amo Jedrick-susurró y lo besó en los labios, sacándolo momentáneamente de sus pensamientos.
Él tomó su rostro entre sus manos y la besó con ternura, sellando todos los pensamientos que lo habían invadido segundos antes.
Y es que la amaba de tal forma que haría lo mismo por ella.

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