Fría noche, diversión asegurada para aquellos que buscan placer. Allí nos encontrábamos nosotros, maravillosa casualidad de la vida que te vi, sabiendo que eres casi imposible de encontrar. Te miré y me miraste, sonreí y bajaste la mirada, clara señal de que era imposible estar contigo. Me desesperé por dentro, por fuera seguía la misma actitud, no quería que el dolor que sufría se revelara, era un disfraz, dulce y tenaz como la misma mentira.
Me oculté bajo la capucha, pagué la cuenta con sonrisas y algo de amabilidad física, me retiré del lugar sobria, fría, triste y distante, y tu mirada contempló mi huída con todos mis sentimientos a cuestas. El afuera no representaba sino la cruel realidad: noche de lluvia, fría y desagradable. No le interesaba tener amigos, tampoco hacerlos, no le importaba en lo más mínimo llamar la atención de todo un país que la admirara, sino de una sola persona que la comprendiera, no quería sentirse acompañada ni tampoco sola, no estaba allí con el propósito de arruinar la noche, más bien quería teñirla de romanticismo.
Esa noche estaba allí con el propósito de conquistar al amanecer, quien se asomaba luego de que ella se hubiese dormido y se ocultaba antes de que despertara, sin saber el dolor que eso le causaba y por eso estaba llorando, sabiendo que siempre lo esperaría, por toda la eternidad, pasara lo que pasase. Lloraba, pero con la comprensión de alguien, alguien que estaba allí, caminando, pensando en incluso acompañando el sentimiento de aquella noche. De repente, esa persona se dirigió hacia la calle y alzó la vista al cielo.
-¡Cuán parecidas son tus intenciones a las mías!- grité con todas mis fuerzas y continué mi rumbo...

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